Un cigarrillo, dos, tres, cuatro y mi eterna inseguridad. Y mi eterna inconformidad.
El último sorbo de café, una pila de apuntes y mis cero ganas de leerlos.
La cabeza, mi cabeza, la que nunca para de maquinar. El miedo que me consume al mismo tiempo que la ceniza de mi último pucho.
Miro la caja vacía y desespero. Hay cosas que nunca van a cambiar y debería aceptarlo con más cautela.
Hay algo en mi corazón que me dice que en algún momento va a ser diferente. Tiene que ser diferente.
Tengo que ser diferente.
La vida me pone a prueba constantemente y yo no hago más que recurrir a mis amigas.
No se que es lo que hice tan mal para estar pasando por esto de nuevo. No se que tan grave fue el error que cometí para que el terror me ataque recurrentemente.
No es mi culpa. Me repito una docena de veces. No, no es mi culpa.
Yo no me merezco este karma por un sencillo y claro motivo: no te hice nada.
La envidia ajena es una excusa muy básica, no me la creo. Acá hay algo más y me pasé y me paso la vida tratando de descifrar que es, pero no lo consigo. Y no me permitís disfrutar de la calma. De esta calma que tanto anhelé. De esta calma que hoy tengo y que no es completa, porque siempre estás ahi para arruinarme la tranquilidad. Me intriga mucho saber porque. Mucho.
A lo mejor no haya una razón, a lo mejor simplemente el problema es tuyo y no mio. A lo mejor tendría que dejar de hecharme la culpa de todo. Al fin y al cabo hago lo que puedo y lucho con mis fantasmas con mis muchas o pocas armas. Tengo la sensación de que te odio y que no voy a poder curarme nunca de esa enfermedad.
Escribir acá se me está haciendo costumbre y no quiero que pase eso.
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