De esas charlas que exorcizan.
Gritos de desahogo, cada vez más fuertes, imponiendonos las 3 sobre las demás voces, sin importarnos nada, como si fuera una competencia de poder.
No importa. Era lo que, sin duda, necesitabamos. Hablar siempre es lo más sano, pero gritar es todavía aún más sanador.
Y después, el silencio.
Aunque no creyeramos ni una sola palabra de lo que decis, aunque supieramos que lo único que sale de tu boca son mentiras, aunque estés subestimando nuestra inteligencia con cada letra pronunciada, no interesa, nada interesa. Queríamos escuchar eso, queríamos que nos tranquilizaras a cualquier precio.
Y lo lograste.
Nunca nada va a volver a ser igual, pero las cosas tomaron su rumbo nuevamente. Queríamos sentir el alivio de no habernos quedado de brazos cruzados.
Y aunque no esté completamente segura de que fué suficiente, era todo lo que podía hacer, todo lo que estaba a mi alcance.
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