Salpican y la empapan.
Y yo trato de secarla, siempre trato de secarla y seguir tapando con una toalla la cantidad de gotas que la mojan.
Pero cada vez la toalla se acorta más y va a llegar un día en el que no va a ser suficiente.
No, no quiero escuchar la solución, sencillamente porque se cuál es. Es solo que me cuesta aceptarla.
Lo ideal sería dejar de ser una negadora compulsiva y hablar de mis sentimientos. Pero no concibo la idea de pedir ayuda. En otra época hubiese recurrido desesperada a mis amigas. Hubiese rogado que esta noche nos juntásemos a cenar y hubiese pretendido sus palabras de aliento. Pero hoy estoy tan en otro lado que se me da por no comer, ni sacarme el pijama, ni dejar de escribir. Y ellas están tan en otra sintonía que me alejo kilómetros de sus consejos.
Quizás esté esperando demasiado y lo más eficaz sea tocar una ficha del dominó para que se caiga todo el resto. Pero ¿cómo saberlo?. Hay tantas trampas, tanta gente de la cual desconfiar, tantos abandonos, tantos olvidos. Tantos despechos, tantos maltratos, resentimientos, odio acumulado y tanta incertidumbre junta que no tengo ganas de correr el riesgo.
Respirar profundo y volver a barrer toda la tierra debajo de la alfombra. No estoy dispuesta a dar lástima jamás, mi naturaleza omnipotente no me lo permite.
Ojalá algún dia de el brazo a torcer y admita que no tengo el poder infinito, que tengo límites como todo el mundo y que no soy diferente al resto. El tema es que yo insisto hasta el cansancio con creer que soy especial.
En nuestras fantasías todos queremos creer que somos especiales. Que absurdo, no hay una sola persona distinta a los demás. Todos queremos lo mismo, todos buscamos lo obvio. Perdonen si me apoyo en ustedes para reforzar mi teoría, siempre tiene más valor cuando varios piensan igual. Y si se trata de darle fuerza a un argumento, por más tonto que sea, permitanme decirles que yo soy una experta.
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