No quiero escuchar más nada.
Me causan gracia las trincheras que armamos con mi hermana para ir a la casa de mi tía. Desde las pulceras rojas hasta pensar en detalle que contestar a cada golpe bajo que, previsiblemente, van a usar para con nosotras.
No se si a otros seres en el mundo les pasa lo que a Cande y a mi. Lo que le pasa a mi mamá también, lo que a su modo quiere derrotar y no está logrando en lo que va de años que se conocen.
Nunca puedo saber que es exactamente lo que siente ella, pero en el fondo lo intuyo. Y ser intuitiva a veces no cuenta como un privilegio.
Me encantaría ser una persona normal y disfrutar de los días festivos que probablemente se hicieron para pasar en familia. Pero no puedo, de verdad no puedo.
Tengo fobia de ir a la casa de esta mujer. Y hasta puedo percibir los síntomas en cada célula de mi piel; la picazón, el dolor de cabeza, la debilidad en mis piernas y la pesadez de mis ojos.
A cada instante me descubro más arisca, más reacia a las personas. Y eso es más que seguro que no me va a llevar a ningún lado bueno. No tengo claro en que momento me convertí en esto que soy hoy y no se si todavía estoy a tiempo de que alguien me salve.
No elijo estar con gente que me hace mal, que me asfixia, que me ahoga. No quiero contestar a planteos que ni yo tengo la respuesta. No quiero que me toquen si no va a ser con amor o con desenfreno. No quiero que me besen si no es con pasión. No quiero estar con alguien que no me haga reír. No quiero estar con nadie que no me deje ser yo.No quiero que me miren si no va a ser a los ojos. No quiero hacer otra cosa que no sea cantar o escribir. No quiero ver otro paisaje que no sea el mar. No quiero otra sensación que mi piel hirviendo de admiración o la brisa fresca enredandome el pelo.
No consigo forjar mis propios ideales, no consigo corromperme y no se si debería sentirme fuerte o débil por eso.
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